Vi cortadas, de un único y veloz tajo, todas las cuerdas que
me ataban a mi existencia, y con la misma facilidad que si fueran los cordeles
de un manojo de globos. Todo lo que me había hecho ser como era clac, clac, clac...
Se cortó y salió volando hacia el espacio.
Pero yo no flotaba a la deriva. Un nuevo cordel me ataba a
mi posición.
Y no uno solo, sino un millón, y no eran cordeles, sino
cables de acero. Si, un millón de cables de acero me fijaban al mismísimo
centro del universo.Y podía ver perfectamente cómo el mundo entero giraba en
torno a ese punto.
Hasta el momento, nunca jamás había visto la simetría del
cosmos, pero ahora me parecía evidente.
La gravedad de la Tierra ya no me ataba al suelo que pisaba.
Lo que ahora hacía que tuviera los pies en el suelo era ella.